Y tú ¿te querrías como madre?

¡Buenos días hortera!

Atención, llevo unos días sin mis dos hijos “mayores”. Primer dato importante. El segundo es que, desde entonces, me balanceo en el sofá con la mirada perdida y pienso en que tengo que aprovechar este tiempo para hacer cosas distintas a “cacas-plancha-compra”, como salir con amigas, irme de copas y bailar hasta el amanecer. Vamos, esas cosas que sueles hacer cuando tienes vida.

Bromas aparte, este tiempo me ha dado para reflexionar sobre la maternidad, mi faceta como madre y todo lo aprendido desde que me pusieron la pesada medallita de mamá, cuando parí a Lucas.

Si hay algo que a las madres nos obsesiona nivel TOC, es estar haciéndolo bien con nuestros hijos. Que crezcan con las herramientas necesarias para ser felices, sin carencias emocionales, con una autoestima alta, con los valiosos valores de antaño… Y un día de tantos, mientras pensaba en todo ello, me vino a la cabeza la pregunta del millón, y que además suele responder cualquier ápice de duda acerca de lo bien o mal que lo estamos haciendo: “¿YO ME QUERRÍA COMO MADRE?” Posiblemente, toda esa culpabilidad por errores cometidos, te haga responder que no. Pero párate a pensar.

Tras darle varias vueltas a la pregunta, pensé: “hombre, nadie los quiere más que yo” . Lo siento papá, a ti no se te han vaciado las tetas, ni te han salido estrías, ni la melena post parto se te cae a “puñaos”. Pongo a mis no-tetas por testigo, que yo los quiero más.

Pero sigamos con la reflexión, ¿es el amor desmedido e incuantificable, buen indicador de estar haciéndolo bien? La respuesta inicial es evidente. No, por supuesto que no. Mis padres me quieren más que a sí mismos, pero mi yo adolescente se ha pasado años recriminándoles ciertos aspectos de mi educación con los que no estaba de acuerdo. Esos mismos que, a veces sin darme cuenta, repito con mis hijos. Así somos de idiotas los seres humanos.

Antes de de ahondar en mi yo teenager y empezar a redimir mis pecados de juventud, te pongo en antecedentes describiendo a mi señora madre. Ella es de esas personas asquerosas que, haga lo que haga, lo hace bien, ¡lo que sea! Si se pone a cocinar, te hace un plato nivel “morir de gusto”. Si se pone a planchar, la jodía no deja ni una arruga en la camisa. Si se pone a blanquear esa camiseta que desteñiste, no sufras que la blanquea aunque sea lo último que haga. (¿Te imaginas? en su lápida pondría algo así como: murió blanqueando la dichosa camiseta amarillenta).

Luego tiene cosas muy graciosas fruto de una creatividad desbordante, (que más de un disgusto nos ha costado en alguna ocasión) pero, si se pone a coser, como te descuides te pone puntillas hasta en el toto (muy artista ella). Si se pone a decorar galletas, de esas monísimas de comunión, te hace la mismísima Capilla Sixtina en 6 cm de diámetro. Es exagerada para todo, también lo es en el amor. Ejemplos hay miles, te pongo algunos. Si se va al mercado a por pescado, compra para mis 6 hermanas y la vecina de los gatos. Si se va de compras y ve una tienda de ropa infantil en liquidación, al día siguiente la encuentras chapada porque arrasó comprando para sus 18 nietos. Pero sigamos, que con el cachondeo me pierdo.

Es una de las personas más autoexigentes que conozco y siempre puso mucho hincapié en que sus niñas (mis hermanas y yo) fueran limpias y aseadas, o como solía decir: “que parezcan de buena familia”. Así que nuestra infancia ha estado llena de asfixias por exceso de colonia, dolores de cabeza por coletas asesinas y ataques de ansiedad por manchas de helado espontáneas.

Mi relación con ella nunca fue mala, pero yo siempre fui del “team papá”. Posiblemente, porque me parezco mucho a ella (más quisiera yo en muchos aspectos), y ¿quién se casó con quien? pues eso.

Ahora que ya eres capaz de imaginártela, es mi turno.

 

 

Me he pasado muchos años de mi juventud pensando que mis padres nos sobreprotegían. Y curiosamente, ahora que soy madre, hago lo mismo con mis polluelos. Todavía son pequeños y me paso el día detrás de ellos evitando posibles desgracias/accidentes domésticos. Pero cuando sean mayores, dudo que el cuerpo me pida hacer algo distinto, en diferentes aspectos de sus vidas. Y si lo hago será fruto de una batalla conmigo misma, importante. Ahondando en esto de la sobreprotección, pienso que ésta no es más que la consecuencia del sentimiento más hermoso del mundo, el amor. Ahora que pesan sobre mí los treinta años y tres hijos a cargo, entiendo que mi madre cometiera ese error. ¿Debe haber algo peor que ver a tus hijos pegándosela sin poder/querer evitarlo?

Otro de los juicios que siempre solía hacer acerca de mi educación, es la poca tolerancia que muestran mis padres a la hora de enfadarnos mis hermanas y yo. Te pongo en situación. Mi hermana la mayor, 25 años, yo 15. Ella con ropa de adulta, yo con ropa de Disney. Ella plan de cena con novio, yo plan de cine con amigas. Ella con modelito monísimo de la muerte, pensado. Yo, vuelta al mundo Mickey Mouse. Yo, tengo una idea: le robo la camiseta, parte de su conjunto. Y cuando vuelvo de la quedada, la coloco cuidadosa y estratégicamente en el mismo hueco del armario del que la cogí. Ella no se hace la loca y monta en cólera. Ya te podrás imaginar la que se lía ¿no?. Exacto, tras varios gritos en el pasillo y algún tirón de pelos, llega mi madre. Pero no llega la versión unicornia “horneadora de pastelitos”, sino la de “me cago en todo lo que se menea como no hagáis las paces ahora mismo”. Que sujetara la zapatilla en la mano, era motivo suficiente como para planteárselo, y eso es justo lo que hacías, aunque fuera llena de orgullo. Te estoy describiendo una de tantas, también en pleitos más graves la historia acababa del mismo modo. Bueno, pues la actitud de mi madre la he criticado hasta cansarme. Frases como: qué injusta es/qué poco respeto hacia nuestra forma de ver las cosas… han salido de mi boca (mira que he sido absurda, macho…). Pero, ay cuando eres madre… Ay cuando tus hijos se pelean… Yo no sé tú, pero yo tengo claro que dar hermanos a tus hijos es el mayor de los regalos que puedes hacerles. Son prolongaciones de tu persona. Son compañeros de vida. Lo son todo. Yo posiblemente quiera a mis hermanas mucho más de lo que me quiero a mí misma y daría mi vida por cada una de ellas, sin pensarlo dos veces. Pero claro, solo entiendes a tu madre, cuando la vida te pone en su mismo lugar. Cada vez que veo a mis hijos pelearse por asuntos tan trascendentales como “ese juguete es mío”, pienso: por el cuerpo escombro que se me ha quedado… ¡ya podéis reconciliaros!

Ejemplos de mi yo “idiota-perdía”, tengo hasta decir basta, pero no es plan de que al final me cojas manía. Así que voy a parar aquí, para seguir con la siguiente reflexión. ¿Qué se saca en claro sabiendo que tu madre no es perfecta? Bueno pues gracias a esas “injusticias”, me he sentido frustrada y poco entendida, pero son enseñanzas que me han hecho más fuerte. Gracias a haber visto a mi madre equivocándose, he aprendido que nadie es perfecto, que incluso la persona que más me quiere en este mundo, la que me dio la vida, es la madre que necesitaba. Y que si ha cometido errores, ha sido porque no supo hacerlo mejor. Y… ¡qué gran enseñanza esta! Eso rebaja la culpabilidad que siento a veces como madre por errar, y me enseña a perdonarme.

Otra de las conclusiones a la que llego es pensar que si mis padres, únicamente guiados por el amor y el instinto paternal, consiguieron formar la familia que tengo ahora mismo (que no es por nada pero, mi familia es la leche), lo único que hace falta de verdad, ya lo tengo. Y se llama AMOR.

Así que a la pregunta, ¿ME QUERRÍA YO COMO MADRE? Respondo un SÍ volador-enganchado-en-avioneta. Sí, porque mis hijos necesitan padres imperfectos. Sí, porque es importante que sepan que el día que sean padres/madres, no necesitarán más que querer a sus hijos. Quererlos y quererlos bien. Con esto último, me refiero no solo a la versión bonita del amor, sino también a la que te obliga a empezar una guerra por corregir comportamientos.

Suelo utilizar mi blog para, en ocasiones, enviar mensajes a las personas que quiero. Y hoy le toca el turno a mi madre. El amor es el motor del mundo y tú eres la personificación de tal sentimiento. Ojalá sea capaz de criar hijos felices, aunque durante una etapa sea duramente juzgada como lo hice yo contigo. Porque luego llega el día en el que lees que tu hija te entiende, que tu hija perdona y pide perdón, y entonces sientes que todo valió la pena.

Mi madre no lo tuvo fácil conmigo, y no me refiero a mi momento “me piro a Madrid y me pongo un septum negro y un labio morado”. No. Mi enfermedad (si no sabes de qué va el asunto, pincha aquí) arrasó con todo, menos contigo. Tú estabas ahí sujetándome. Y sin ti, hoy no tendría, ni la familia que tengo, ni tanto amor que darles. Aún recuerdo tus noches conmigo haciendo de perro guardián por si se me ocurría escapar. El sonido de la bandeja llena de comida que me obligabas a engullir y que solía costarte una guerra diaria. Toda esa ropa que comprabas sin botones y que además procurabas que fuera lo más bonita posible, para que no pudiera medir el cambio de talla. Tu insistencia para que acabara el bachillerato para que en un futuro, después de una supuesta recuperación, pudiera estudiar la carrera que quisiera, haciendo así mi autoestima no se viera mermada por la falta de futuro profesional. Todo todo, fruto de un amor infinito y que jamás llegaré a devolverte como mereces.

Gracias por enseñarme todo lo que hace falta. Mientras tanto, seguiré luchando por tener más paciencia con mis niños, por gritarles menos, por ser más tiempo la versión  “horneadora de bollitos” que la de “la zapatilla voladora”. Pero con la paz de saber que, con todas mis imperfecciones, soy la madre perfecta para ellos.

Mamá, yo por ti todo, con tus puntillas y tu zapatilla.

¡Gracias por leerme!

1 Comment

  • Reply Nu 26 julio, 2018 at 10:32 am

    Ayyyy Lis, me pasa lo mismo.
    Donde nos molestó, ahí estamos repitiendo pero creo que desde una visión renovada y consciente de dónde poner el acento para mejorar. Un día te cuento lo que es sobreprotección nivel dios…. por ser la sobreviviente de un hermano fallecido… y pese a eso, ahí me veo repitiendo patrones. ¿Será posible? Pero yo pienso que las madres también estamos en constante aprendizaje, no venimos con experiencia y cada niño es un mundo. Tener una guía de cómo lo hizo tu madre te ayuda a saber dónde acertar y dónde no repetir o intentar que sea poco.
    Pero una madre presente, no todo el mundo tiene, es para mí el amor desmesurado, infinito diría yo … es mágico y eso es lo que tenemos que copiar. A veces pienso que la inmortalidad existe y es el amor, que generación tras generación las madres vamos transmitiendo.
    Venga! Ya dejo de filosofar.

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